en tres días es Navidad
y ya me deprime la hora
del brindis,
sus sillas vacías, la
sidra Real;
pero sólo hasta Mitre y el
río
frente a la Plaza Vasca,
Sabino de Arana y Goiri,
semáforo largo, jodido de
cruzar.
Estaré sin camisa y
algunos cigarrillos,
con la soledad a
borbotones
decidida a increparme con
su intensidad.
Tanto la busqué y hete
aquí:
maldita, bendita, pero al
sol.
En dos horas salís de la
oficina;
tengo tiempo y sigo
caminando
mientras el tiempo sigue
caminando
y se clasifica para el
futuro.
El cemento quema pestañas,
las sienes del mozo
transpiran
como los shorcitos de las
chicas,
también los peces flotando,
las lenguas largas caninas;
al margen la solemnidad de las brisas.
al margen la solemnidad de las brisas.
Castigo al río con unas
piedras
-nunca supe hacer patito-
y al volver la ciudad sigue
allí, imperante.
Me traba las fauces, chupa
almas
como se hace con los
huesos del asado
y se relame con cada cortado
que se le pide al mozo.
Me atraen las babas que chorrean
desde las torres vestidas
de sombra,
que dan frío de sólo
mirarlas.
Acepto el ardor de los
latigazos posteriores
aunque me estremezca la
desmesura
de no mirarse a los ojos,
de no tocarse las manos en
las esquinas,
o despedirse sin ilusiones
de reencuentro.
Hago cuentas:
en una hora te veo, en
seis trabajo,
en doce sigo trabajando;
en una hora te veo, nos
besaremos un ratito
inclinados en el almohadón
miraremos los chimentos,
y seguiremos con los besos
hasta la cena;
hoy te cocinaré algún
manjar propio de reyes,
al menos lo imaginaremos
con emes cerradas;
me sonreirás, haré lo
mismo,
sentiremos la urgencia de
las caricias,
y se harán esperar por
capricho.
Por fin las siento. Tu
panza también.
Se pierden las ropas
debajo de la cama,
y ya no las encontraremos,
quizás llegaron hasta
París,
por algún río, perdón
algún rivière,
o acaso al túnel del
Parque España,
donde aquella noche, nuestra,
me desposeíste los labios para siempre.
me desposeíste los labios para siempre.

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