miércoles, 19 de septiembre de 2012

Solicitud

A vos te encargo el delirio,
el del hombre honesto, trivial.
Empújame. Nada de abismos,
tampoco moscas en la pieza.
Acompáñame.
Tocame el corázon, tocalo Corazón,
a un costado o picala.
Engáñame que no me gusta,
y hazme sentir próspero,
que sirvo más allá de abrazar bien,
y escuchar telenovelas de oficina.
Vení, sentí mis demonios, la intimidad, 
su pudor, su demanda, 
la de joggings agujereados y desayunos en calzoncillos.
Ayúdame a sostener mi carne, que está cruda
que es un pellejo en las muelas del perro,
una panzada en noche buena,
tu maquillaje al despertar,
un litigio entre linyeras, la noche en otoño,
triste y con hojas sentenciadas,
y pienso en ellas, pobres, vulneradas,
entonces pienso en mí,
y necesito de tu histeria,
para mantenerme y entender,
que el espacio físico, o la muerte,
es lo que menos interesa en el asunto.
 


jueves, 13 de septiembre de 2012

España, el Parque















Miércoles dos de la tarde, 
en tres días es Navidad
y ya me deprime la hora del brindis,
sus sillas vacías, la sidra Real;
pero sólo hasta Mitre y el río
frente a la Plaza Vasca,
Sabino de Arana y Goiri,
semáforo largo, jodido de cruzar.

Estaré sin camisa y algunos cigarrillos,
con la soledad a borbotones
decidida a increparme con su intensidad.
Tanto la busqué y hete aquí:
maldita, bendita, pero al sol.  

En dos horas salís de la oficina;
tengo tiempo y sigo caminando
mientras el tiempo sigue caminando
y se clasifica para el futuro.
El cemento quema pestañas,
las sienes del mozo transpiran
como los shorcitos de las chicas,
también los peces flotando,
las lenguas largas caninas;
al margen la solemnidad de las brisas. 

Castigo al río con unas piedras
-nunca supe hacer patito-
y al volver la ciudad sigue allí, imperante.
Me traba las fauces, chupa almas
como se hace con los huesos del asado
y se relame con cada cortado que se le pide al mozo.
Me atraen las babas que chorrean
desde las torres vestidas de sombra,
que dan frío de sólo mirarlas.
Acepto el ardor de los latigazos posteriores
aunque me estremezca la desmesura
de no mirarse a los ojos,
de no tocarse las manos en las esquinas,
o despedirse sin ilusiones de reencuentro.

Hago cuentas:
en una hora te veo, en seis trabajo,
en doce sigo trabajando;
en una hora te veo, nos besaremos un ratito
inclinados en el almohadón
miraremos los chimentos,
y seguiremos con los besos hasta la cena;
hoy te cocinaré algún manjar propio de reyes,
al menos lo imaginaremos con emes cerradas;
me sonreirás, haré lo mismo,
sentiremos la urgencia de las caricias,
y se harán esperar por capricho.

Por fin las siento. Tu panza también.
Se pierden las ropas debajo de la cama,
y ya no las encontraremos,
quizás llegaron hasta París,
por algún río, perdón algún rivière,
o acaso al túnel del Parque España,
donde aquella noche, nuestra,
me desposeíste los labios para siempre.